Lineamientos Generales

"Pensar la Universidad es imaginarla en el mundo, en el país y en su región, aportando a sus desarrollos, enseñando, produciendo, transfiriendo y compartiendo conocimientos e integrándose desde la sociedad que la compone y de la que forma parte y se nutre, contribuyendo con su pensamiento crítico y propositivo, capaz de incidir mediante la formulación de respuestas alternativas, en los cambios sociales necesarios".

Es concebirla comprometida con los paradigmas del desarrollo humano sostenible, la educación perma­nente, la cultura de la paz, el respeto a lo diferente, el ejercicio de los derechos humanos y la democracia, la formación en valores y defensa de la pluralidad, con la expectativa global de la inclusión y el acceso a derechos esenciales para la movilidad social; así como comprometida con la producción y transmisión de conocimientos capaces de contribuir a su superación.

Pensarla es reconocerla dotada de un carácter científico, tecnológico y artístico progresista que le permitió construir una identidad planificada y acorde a los tiempos y demandas de los próximos años, basada en las banderas históricas que la definen como universidad reformista, pública, gratuita, autónoma y cogobernada y desde la búsqueda permanente de consensos a partir del debate y la integración de las diferentes posiciones.

Es tener un plan que esté por encima de circunstanciales actores, objetivos que se mantengan a pesar del cambio de contextos políticos, sociales y económicos. Es definirla en el debate entre sus claustros y es gestio­narla dimensionando la importancia de la participación en cada paso de cada una de sus Facultades y Colegios.

Estos propósitos demandaron de la UNLP un proyecto institucional con objetivos claros y consensuados, y con estrategias fundamentales posibles de ser transformadas en acciones concretas. Es así que desde el año 2004 cuenta con un Plan Estratégico que revisa periódicamente convocando a un intenso proceso de partici­pación de todos los claustros. Se hizo en esos años iniciales para ponerlo en marcha para el período 2004-2007, también en su primera revisión para el período 2007-2010, en su segunda para el período 2010-2014, en su tercera para el período 2014-2018 y ahora para el período 2018-2022.

Sin embargo, la aceleración de los procesos de transformación de la sociedad como conjunto y de esta uni­versidad en particular, imponen un acortamiento de los plazos para revisar sistemáticamente los pasos dados y proponer el rumbo de los nuevos avances.

Es así que desde el año 2011 -con esta última versión del ciclo en 2017- se propuso un espacio de reflexión sobre aspectos relevantes de la vida universitaria que se denominó Pensar la Universidad y que consiste en una serie de encuentros temáticos para revisar la calidad y el rumbo de las políticas Institucionales en general, de Enseñanza, Investigación, Transferencia, Relaciones Institucionales, de Extensión, de Arte y Cultura, de los distintos aspectos de la administración, los recursos humanos, la infraestructura y los servicios de la UNLP, a la que se sumaron como capítulos transversales, los Derechos Humanos y la Discapacidad.

Estas convocatorias se caracterizaron por la amplitud de recepción y participación de la comunidad uni­versitaria. Centenares de docentes, trabajadores, estudiantes que trabajaron en talleres y comisiones después de los debates centrales y realizaron valiosos aportes que verificaron la necesidad de discusiones específicas sobre varios temas y la incorporación continua de otros.

Se analizaron aspectos específicos devenidos de esos encuentros generales, como estrategias para mejorar el ingreso, la permanencia con rendimiento y el egreso, la producción de conocimientos científicos, tecnológi­cos y artísticos, su protección y la de los recursos humanos que los producen, su aplicación y transferencia, el vínculo con nuestros graduados innovadores y emprendedores, la internacionalización de la universidad, la cooperación internacional y las redes con otras instituciones que comparten objetivos, la profundización de agendas compartidas con organizaciones de la comunidad para el abordaje de problemas públicos y en una serie de temas concernientes a la agenda propia y social en las que la UNLP decidió tomar posición.

Además, se trabajó en la renovación permanente del debate sobre una nueva Ley de Educación Superior. En la Ley Nacional 27.204 de ingreso irrestricto y de gratuidad de la enseñanza universitaria, que la UNLP gestionó intensamente y obtuvo su aprobación y puesta en vigencia en noviembre del año 2015, a pesar de las constan­tes presiones para impedirla, que aún persisten después de su promulgación e implementación. También en la Ley Provincial del Boleto Estudiantil Gratuito 14.735 –promulgada e incorporada por primera vez al presupuesto provincial en 2015 – en la que esta Universidad aportó y gestionó fuertemente, implementada en agosto / septiembre de 2016 a días del 40 aniversario de la conmemoración de La Noche de los Lápices que nos recuer­da, con la desaparición y muerte de nuestros propios estudiantes, la lucha estudiantil por el boleto gratuito3.

Estos encuentros se multiplicaron luego en todas las áreas en forma sistemática, con el fin de ordenar los aportes recogidos, sintetizar las ideas vertidas y considerar otras que puedan sumarse en forma permanente al Plan Estratégico, no sólo para ratificar el rumbo adoptado y corregir eventuales desvíos o demoras, sino para ordenar los pasos a dar en los próximos años, con la formulación definitiva de esta nueva etapa del Plan, teniéndola disponible al inicio de la nueva gestión.

En términos generales, la gestión del Plan se asienta en un conjunto de orientaciones estratégicas sinteti­zadas en seis grandes líneas de acción basadas en: 1) la enseñanza de pregrado, grado y posgrado, 2) la investi­gación y la transferencia, 3) la extensión e integración social y comunicacional, 4) la integración comunitaria a partir del arte y la cultura, 5) las relaciones institucionales con otras universidades y con el Estado, las Orga­nizaciones de la Sociedad Civil y los sectores productivos, y 6) la administración y gestión de las necesidades logísticas de todo ese conjunto, con capítulos destacados en la optimización y transparencia de la administra­ción, los servicios y beneficios estudiantiles y la infraestructura.

Estas seis grandes líneas se sustentan en un conjunto de objetivos particulares que buscan definir el rol de la Universidad en el escenario de los próximos años, como una institución intelectualmente inquieta y crítica, con bases sólidas y con una estructura dinámica, capaz de acompañar los cambios culturales, buscando nuevos horizontes de desarrollo académico, científico y social.

Muchos de los objetivos fundamentales y metas que la UNLP se propuso alcanzar cuando se implementó el Plan, hace catorce años y que eran la base de una demanda insatisfecha e indispensable para poner la uni­versidad en marcha, se saldaron, al menos en sus aspectos más críticos4.

Seguirán ocupando un lugar central en la agenda de gestión, pero no pueden seguir siendo la razón fun­damental y única de los debates.

Este es un momento en el cual esta institución debe afirmar su compromiso con el desarrollo de nuestro país desde cada una de sus diversas actividades. Desde la promoción de más y mejores graduados, asegurando calidad y pertinencia en la masividad y en la inclusión y acompañamiento de todo aquel que esté dispuesto a hacer el esfuerzo de estudiar para alcanzar un título universitario; a la producción y transferencia de conoci­mientos orientados a permitir avanzar con la mayor celeridad en los procesos sociales, económicos, ambien­tales y productivos que necesitamos para progresar, haciendo que la agenda científica, tecnológica y artística busque cada vez más coincidencias con la agenda social y del desarrollo sustentable; ayudando a empoderar a la ciudadanía en la defensa y conquista de sus derechos y multiplicar la presencia solidaria y colaborativa con aquellos habitantes que tienen las mayores necesidades.

Con esa premisa, se piensa a la Universidad con un rol protagónico con responsabilidad social y de fuerte compromiso con el proceso de desarrollo latinoamericano y en particular con el de la región, la provincia y el país, siendo un modelo de referencia obligada para la formación de grado y pregrado y una garantía de calidad en la formación de posgrado. La UNLP debe protagonizar desde un lugar de máxima jerarquía nacional, la pro­ducción de conocimientos a través de la investigación y reafirmándolo en el plano internacional, consolidando su actuación en la vinculación y transferencia de esos conocimientos al Estado, a los sectores productivos y a la Sociedad Civil, fortaleciendo a la extensión universitaria como práctica integradora y formativa con profunda vocación solidaria e impulsora del desarrollo cultural y artístico de la sociedad, y constituyéndose en una orga­nización moderna, dotada de la tecnología, la infraestructura y del capital humano adecuados para respaldar el proceso de transformación en marcha.

Todos y cada uno de estos componentes convergen en la búsqueda de reconocer lo más valioso de su identi­dad cultural en sus valores, creencias y normas, y proyectarlo hacia los desafíos y compromisos presentes y futu­ros de la Universidad Pública con la sociedad contemporánea que la conforma, y le da razón de ser y pertinencia.

 

La UNLP es esencialmente pública, autónoma, cogobernada y reformista. Los primeros días de 2018 están redondeando un siglo de la gesta de la Refor­ma Universitaria de 1918, que modeló el ideario y el paradigma aspirado para nuestra Institución. Avivan reflexiones sobre la vigencia de esos postulados, las imposiciones de nuestro tiempo y la necesidad de proyectar esta institución en el futuro inmediato y mediato comprendiendo el momento actual de nues­tra historia, el escenario deseado sobre el cual queremos proyectar su futuro y las necesarias prioridades que permiten consolidar el proceso permanente de transformación positiva de la universidad argentina, moderna y vigente en sus aspiraciones, pero asentada en cimientos sólidos, construidos con principios irrenunciables e imprescriptibles.

EL IDEARIO DE LA REFORMA

¿Qué significa ser “reformista” a 100 años de la Reforma Universitaria de 1918?

Por un lado, que los pilares conceptuales de la revolución universitaria más importante de la historia de América Latina, y una de las fundamentales para moldear el modelo de universidad pública que exponemos al mundo, se sostienen con firmeza, se consolidan a medida que la Universidad avanza y se complementan con otras metas contemporáneas que orientan al modelo de institución que requiere nuestro pueblo.

La Reforma del ´18 predicó sobre la autonomía, el cogobierno, el ingreso irrestricto, la gratuidad, la libertad de cátedra, el acceso a impartir enseñanza por concurso, la extensión universitaria, la discusión en su ámbito de los temas que le preocupan a la sociedad. Muchas de sus proclamas se fueron cumpliendo a lo largo de todo este siglo y algunas se adecuaron a nuestra realidad actual. Sin embargo, son el cuenco tallado, el molde sagrado en el que se vierte el esfuerzo constante por desarrollar la Universidad de nuestro tiempo.

Su Manifiesto Liminar, escrito por los estudiantes revolucionarios de las primeras décadas del siglo XX in­culcaba para siempre que lograr una libertad más es tener una vergüenza menos y que siempre habrá mucho por sumar, que los dolores que quedan son las libertades que faltan y que siempre habrá cadenas por romper para lograr una sociedad más justa, más igualitaria, más feliz y plena.

Hoy la Reforma exige que defendamos a la Universidad Pública como una herramienta indispensable para el desarrollo de nuestra comunidad, de nuestra patria. Hoy la solidaridad es un valor indispensable para un universitario, pero no como condición humana universal, sino porque ser universitario de una universidad pública es una condición privilegiada en una sociedad de desiguales. Esta solidaridad tan necesaria debe ser una circunstancia.

La solidaridad que pide la Reforma no es sinónimo de caridad, de la caridad del privilegiado en la certeza que siempre habrá oprimidos. Es el brazo que ayuda a subir al bote a esas mayorías que se ahogan en la in­justicia social, y les hace un lugar en el banco que se pudo ocupar para compartir de igual a igual el esfuerzo de remar y remar, para llegar más rápido a ese lugar que los universitarios soñaron hace 100 años y que se pretende alcanzar hoy.

Quizá sea como la base del arco iris, en la visión del poeta, quizá se aleje al mismo ritmo que uno pretende acercarse. Existe la obligación de no pensar así, sino la responsabilidad de acercarse. Para eso debe servir la Universidad Pública Reformista, para destrozar las utopías y volverlas realidades que reflejen una patria libre, soberana, justa y de iguales, donde las sonrisas satisfechas sean de todos.

 

EL MODELO DE UNIVERSIDAD EN LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA

Las universidades de América Latina y el Caribe acordaron hace tiempo que la educación superior es un bien público y social, un derecho humano universal y una responsabilidad del Estado. Desde la década del ‘90 se defendió esa visión en cada debate dado en los foros educativos mundiales contraponiendo este modelo al representado en la mayoría de los países del resto del mundo, que entiende el acceso a los conocimientos superiores como un bien selectivo, transable en el mercado.
La expectativa del desarrollo como país y del progreso individual estuvieron “siempre” basados en la igual­dad universal de oportunidades. El ingreso irrestricto y la gratuidad de la enseñanza universitaria de grado, garantizadas definitivamente por la ley 27.204/2015 ya nacieron en las ideas de la Generación del ´80 -Sar­miento, Avellaneda, Roca- plasmadas en 1884 en la Ley 1.420 de Educación Común con los preceptos de laica, obligatoria y gratuita para la educación primaria, extendida luego a la secundaria.
Hoy a nadie se le ocurre proponer revisar los conceptos de gratuidad para la educación inicial, primaria y secundaria y se debe asegurar que en esa línea no queden bolsones de resistencia a la gratuidad de la ense­ñanza universitaria. El modelo nacional, largamente centenario impone el derecho a la educación de todo el que esté dispuesto a hacer el esfuerzo de superarse adquiriendo y acreditando más conocimientos.
La universidad debe ser hoy un espacio para tener ideas y discutirlas, alejada del pensamiento único, pro­motora del pensamiento diverso, original y propio; caracterizada por estar llena de inquietudes, rechazos, au­dacias, escrúpulos y esperanzas que custodian el comportamiento ético, transparente, republicano y demo­crático de sus miembros.
Debe ser firmemente inclusiva y entender a la educación como una línea ininterrumpida e ininterrumpi­ble, que no debe cortarse por una falla del sistema que frene el proceso de toma de conocimientos de aquel que quiere seguir sumándolos, por un fracaso o deficiencia circunstancial. Si un estudiante no logra avanzar a un estadio superior en el proceso de su formación, pero tiene la firme voluntad de resolver sus déficits esfor­zándose en sus estudios, la universidad debe darle siempre esa oportunidad. No puede dejarlo flotando en un limbo que no le permita ni retroceder ni avanzar. Y esto debe suceder desde el ingreso hasta la finalización de sus estudios.
Esto no significa resignar calidad (ni pertinencia, ni la siempre bien defendida búsqueda de la excelencia), por el contrario, significa agregarle responsabilidades al Sistema. Ese es el verdadero contrato que se firmó cuando este modelo fue concebido para desarrollar al país y multiplicar las oportunidades para el progreso colectivo. La calidad y la masividad, asociada al esfuerzo y al compromiso son un conjunto indisoluble. Si existe uno de estos factores, necesariamente existen los otros en la universidad pública argentina.
No puede considerarse realmente de calidad la educación superior de un país que acepta dejar afuera a la mayoría de la población y no apunta a ofrecerle oportunidades de acceso. La calidad incluye a la ética y a la conciencia social y es claro que cuando el acceso a la educación superior se limita a pocos, ella tiene caracte­rísticas que la asemejan a un bien de mercado y no a un derecho universal.
Este modelo inclusivo comprende brindar los conocimientos específicos para concebir al mejor profesional, pero también generar el ambiente imprescindible para contribuir fuertemente a dotarlo de los valores funda­mentales para consolidarlo como el mejor ciudadano, pleno de solidaridad, consciente de su responsabilidad para los que menos tienen, tolerante hasta la exageración, sabiendo que el debate, el pensamiento diferente y las culturas generacionales siempre son más que el silencio homogéneo e indiferente, que la democracia es un bien indispensable para poder alcanzar los objetivos más preciados, que costó mucho alcanzarla y sostenerla y que no es una condición natural inextinguible si no se la protege, que la defensa firme del medio ambiente es una condición de conciencia para dejarle a nuestros hijos y a sus hijos un mundo mejor que el que se recibió y en el que se vive, que los derechos humanos no sólo significan la custodia de la memoria en la búsqueda de la verdad y de la justicia para saldar las deudas de un pasado injusto, brutal y doloroso, sino que acompañan cada acto de la vida, basados en la convivencia, en la mentada búsqueda de la igualdad, en el reconocimiento del diferente, de las minorías, de cada uno como un par.


LOS OBJETIVOS DE LA UNIVERSIDAD PÚBLICA

La universidad tiene como objetivos primordiales formar estudiantes en el pregrado, grado y posgrado vol­viéndolos graduados firmes en sus conocimientos específicos y en sus condiciones y convicciones ciudadanas, comprometidos siempre con su comunidad, buscando el crecimiento constante de la matrícula, la permanen­cia con avances sostenidos y continuos en sus carreras que permitan su culminación en tiempos acordes y conscientes del esfuerzo social y personal necesario de hacer para alcanzar su graduación. No debe conformar­se con sospechar que el sólo paso por la universidad transforma positivamente al individuo. El país necesita de profesionales probos que apuntalen su transformación y la universidad pública tiene la alta responsabilidad de proporcionarlos.

En un mundo donde el conocimiento, la ciencia y la tecnología juegan un papel de primer orden, el desarro­llo y el fortalecimiento de la Universidad Pública, tal como se la concibió, constituyen un elemento insustitui­ble para el avance social, la generación colectiva de riqueza, el fortalecimiento de las identidades culturales, la cohesión social, la lucha contra la pobreza y el hambre, la prevención del cambio climático y la crisis energética, así como para la promoción de una cultura de paz en la convicción de la búsqueda de la igualdad y la inclusión, a partir de una sociedad con igualdades de acceso al conocimiento.

También se propone producir conocimientos útiles para el desarrollo del país y el bienestar de la humani­dad, con una agenda científica y tecnológica convergente con las necesidades de la sociedad y las demandas para su desarrollo soberano. El hambre, la pobreza, las enfermedades y toda demanda insatisfecha para una mejor calidad de vida, y preservación de los recursos naturales, la producción sustentable y responsable, y la colaboración con toda política pública apuntada a la necesidad social y el desarrollo nacional y regional cons­tituyen las grandes líneas para una investigación orientada, emergente de una sólida investigación básica y promotora de una investigación aplicada transferible y funcional a la concreción de estas metas. Para esto debe proteger y crecer en sus recursos humanos formados que son su mayor capital. La infraestructura y el equipamiento adecuado y los insumos indispensables son fundamentales, pero también cáscaras vacías de contenido si no se cuenta con el capital humano capacitado y dotado de los valores en los que se cree.

También se procura interactuar con los graduados emprendedores e innovadores que no integran formal­mente el sistema científico-tecnológico, pero que invierten esfuerzo y conocimiento en un sistema productivo nacional y regional, siempre constructor de soberanía y de una mayor equidad. Igualar oportunidades y prote­gerlos, ofreciéndoles la infraestructura, equipamiento, vínculos y avances, sin abandonarlos ni tomar distancia una vez concluido el ciclo formativo formal es una responsabilidad y objetivo fundamental. La Universidad tiene múltiples vínculos con el sistema productivo e institucional regional y nacional, pero el de sus graduados debe ser nítido y contundente.

Se obliga, con vocación infinita, a integrar la red social en todos sus niveles e interactuar positivamente con la comunidad, intercambiando saberes y miradas, como parte de un proceso formativo recíproco, especialmen­te con aquellos conciudadanos que menos tienen y sufren más necesidades. La extensión universitaria como parte del proceso formativo de estudiantes y docentes debe ocupar un lugar de jerarquía que debe ensancharse con la educación formal alternativa de aquellos sectores de la comunidad que precisan adquirir y certificar habilidades que multipliquen sus oportunidades en el mundo del trabajo, y formalizar y fortalecer capacida­des comunitarias para mejorar sus condiciones de vida. La universidad pública debe saber armonizar en su actividad la educación formal de pregrado, grado y posgrado, la producción científica, tecnológica y artística, la transferencia de sus frutos y su integración académica a la región y al mundo, con la necesaria cercanía a las necesidades coyunturales del pueblo del que proviene.
La inmensa mayoría de los conciudadanos con necesidades de más conocimientos para vivir mejor, sobre todo los jóvenes, no busca en la Universidad un título de grado. No quiere necesariamente ser ingeniero o filósofo o geólogo, pero sí mira a la universidad pública como fuente de oportunidades, demandándole cono­cimientos para insertarse mejor en su medio.
Además, la Universidad debe responder a las demandas institucionales crecientes que le hace la sociedad y sumar en diversidad, flexibilidad y articulación. Formar parte de la comunidad académica mundial, integrar redes universitarias formativas, científicas y solidarias que permita estar a la altura de este tiempo, y com­prender los escenarios en los que toca evolucionar, movilizando estudiantes, profesores e investigadores en un intercambio productivo que sume siempre en la interacción; e integrar redes de instituciones no univer­sitarias, comunitarias, profesionales -especialmente de los graduados-, siendo selectivos en la prioridad de la selección, conscientes que se pertenece y se construye un modelo basado en el esfuerzo de lograr la inclusión como prioridad.


LAS PRIORIDADES EN LA UNLP

Una institución educativa de gran complejidad como la Universidad Nacional de La Plata afronta y desarro­lla centenares de programas y proyectos emergentes de políticas académicas, científicas y sociales que trazan objetivos acordes con las definiciones expuestas. Por ejemplo, el Plan Estratégico de la UNLP, instrumento de gestión participativa emergente de un proyecto institucional que comenzó a sistematizarse como herramien­ta en el año 2004, cuenta con más de 800 programas y proyectos que se renuevan con distinta periodicidad.

Todos coadyuvan a consolidar el modelo, los objetivos y los caminos expuestos para poder alcanzarlos. La mayoría estuvo siempre presente en el Plan, sin embargo, su concreción o las condiciones del contexto definen prioridades.

El mayor rendimiento académico y el incremento de la graduación en tiempos proporcionados con la vida útil de cada ciclo formativo son una condición imprescindible para situar a la universidad como una insti­tución útil a la demanda insistente de un país y una sociedad que nos sostiene. Se debe atender las razones particulares y generar políticas para resolver las razones generales. No se puede dar el lujo como institución y como país, de tener un desgranamiento feroz, una duración laxa de las carreras ni de un raquítico nivel de egreso. No lo debemos permitir.

Las nuevas carreras de grado en una Universidad prolífica en su oferta, están reservadas a las demandas acuciantes de una sociedad en transformación y a las necesidades de estar a la altura de un rumbo mundial de producción de nuevos conocimientos y tecnologías. Mucho se tiene que hacer en la adecuación a las demandas contemporáneas del actual sistema.

El crecimiento de los desarrollos científicos y tecnológicos enfocados en las necesidades sociales, el cuidado ambiental y el desarrollo soberano del país ocupan un lugar central en las políticas. Como universidad pública hay que ser y demostrar ser una herramienta imprescindible para el progreso colectivo nacional y para eso se debe producir conocimiento útil y transferirlo intensamente a las instituciones de la Sociedad Civil, a la pequeña y mediana empresa, al Estado en todos sus niveles. Sin embargo, la protección firme de los recursos humanos formados son la única garantía de que se pueda seguir dando respuesta al sinnúmero de demandas sociales e institucionales a la ciencia y a la tecnología.
Involucrarse en el sistema productivo a partir de los graduados emprendedores e innovadores, articulando con ellos el inmenso dispositivo de infraestructura, equipamiento y producción de nuevos conocimientos. Po­niéndolo a disposición de facilitar y acelerar su creatividad, su cultura emprendedora y su capacidad de asociarse produciendo sinergias mucho más potentes que las posibles desde su esfuerzo aislado e individual, constituyen­do núcleos de vinculación complejos y útiles al progreso de quienes se forman, promueve un efecto multiplicador que acentúa el perfil de una región que se caracteriza por una alta proporción de población formada.
La capacitación extracurricular formalizada que acerque y se acerque, e integre a sectores de la comunidad que siempre estuvieron alejados de la universidad pública, sin advertir (ambos) que se puede ser el soporte sobre el cual puedan asentar sus expectativas de progreso, es el desafío de este tiempo. Se deben adecuar los criterios de la educación formal en todos sus niveles a las demandas de la sociedad en este tiempo, pero existe un enorme sector que no recorrerá ese camino y sin embargo necesita de nosotros y de lo que sabemos hacer, y requiere que se comparta y se comprenda lo que saben y pueden hacer. Esa conjunción de saberes dará la oportunidad de que consolide como universidad popular, naturalizada en la vida cotidiana de nuestro pueblo.
La construcción e integración de redes sociales con los distintos actores institucionales formales y no for­males de la región, la consolidación como ámbito de debate e instrumento de acción colectiva y la multiplica­ción de vínculos activos y productivos con los distintos espacios de educación superior y ciencia en la región y el mundo, consolidando una agenda de intercambio orientada a la convergencia de necesidades concretas para alcanzar los objetivos trazados, conforman un núcleo de actividades que debe consolidarse y crecer.
También el crecimiento de los servicios a los estudiantes que ayuden a su integración armónica a la vida universitaria y su sostenimiento, la continuidad del plan de obras y equipamientos, el mejoramiento constan­te de los sistemas de administración y finanzas, los beneficios, estabilidad y acompañamiento a la comunidad trabajadora docente y no docente, los derechos humanos y, en su contexto, la discapacidad y la importancia social, académica y científica de comprender holísticamente a la salud, así como cada una de las actividades que la transforma en una institución activa y en crecimiento sostenido, son fundamentales en nuestra agenda.
Sin embargo, todas estas son condiciones que se deben reunir para asumir con más fuerza la responsa­bilidad máxima de ser una institución comprometida en su presente y en su futuro con la construcción de oportunidades para la gente y de alternativas de progreso para nuestra patria.
La Reforma Universitaria tal como se vive, promueve un conjunto de principios y condiciones que definen a la Institución, pero es un proceso en constante evolución acompañando las demandas de una sociedad que progresa vertiginosamente. Cada momento de nuestra historia se configura en un escenario distintivo y cada escenario ordena las prioridades de ese proceso según las circunstancias que organizan las más profundas convicciones con el tiempo que toca vivir. Comprender estas condiciones es la oportunidad de ser realmente útiles al progreso de nuestra sociedad.
El Proyecto Institucional reafirma los principios y consolida con fundamentos sólidos su defensa, dándole al debate general el respaldo necesario para poder imaginar responsablemente un futuro deseado. Con la cer­teza que se respalda por la mirada atenta y lúcida de nuestra sociedad y nuestros pares, que alerta sobre cada intento de desvirtuar la esencia y fundamenta las aristas más sutiles, que permite avanzar en la construcción de una universidad comprometida con su historia y con una Comunidad que la reclama. Ese debe ser el com­promiso, cortar la maleza que enreda, lastima y demora, y avanzar, siempre avanzar.

 

El documento completo en el siguiente link https://unlp.edu.ar/pensar

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