Especialistas del CONICET y la UNLP relatan las principales dificultades que salieron a la luz tras un estudio en la periferia platense.

Días atrás se difundió un relevamiento del impacto social de la medida de aislamiento que rige desde mediados de marzo debido a la pandemia. Dado que fue una de las primeras acciones de la Unidad Coronavirus COVID-19, el informe se pensó con el objetivo de conocer la respuesta de diversos sectores ante el confinamiento y adelantarse a los problemas que podrían surgir o profundizarse en caso de que la restricción se prolongara, lo cual efectivamente sucedió y continúa hasta el presente. Si bien con el paso del tiempo muchas situaciones se fueron superando y otras nuevas aparecieron, los resultados reflejan ciertas dificultades puntuales, por un lado, y el surgimiento de buenas prácticas, por el otro, que todavía se sostienen como reflejo del modo que tienen los argentinos de transitar una experiencia inédita: la cuarentena.

Bajo la coordinación general del investigador del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS, CONICET-UNLP) Gabriel Kessler, la estrategia para llevar adelante el informe con celeridad consistió en montar una red de científicos y académicos que a su vez contactaron a grupos de trabajo de distintas universidades para que enviaran un cuestionario extenso pero dinámico a referentes territoriales como líderes comunitarios, religiosos, indígenas o responsables de organizaciones barriales. Las respuestas –recibidas entre el 23 y 25 de marzo– fueron alrededor de 1600, y se sintetizaron en un informe que estuvo terminado en apenas tres días, cuando se entregó al Poder Ejecutivo Nacional para su utilización como base a la hora de decidir las políticas públicas a implementar.

Como el trabajo se dividió por regiones, la realidad de nuestra ciudad –especialmente de los barrios de la periferia– quedó plasmada en el apartado del Gran La Plata, que incluye también a Berisso, Ensenada, Berazategui y Quilmes. La compilación de los cuestionarios recibidos estuvo a cargo de Jerónimo Pinedo, secretario de Extensión Universitaria en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (FaHCE, UNLP), y de las becarias del CONICET Soledad Balerdi, del IdIHCS, y Candela Díaz, del Centro de Investigaciones Sociales (CIS, CONICET-IDES), quienes también se ocuparon de resumir los reportes de Mar del Plata y alrededores, y de otras 18 localidades bonaerenses nucleadas en un mismo grupo.

“Uno de los aspectos que apareció con más fuerza en la respuesta de los referentes fue la percepción de que la medida estaba teniendo niveles altos de acatamiento a pesar de las dificultades evidentes”, señala Pinedo en base a los 69 reportes recibidos en el Gran La Plata, y continúa: “Esa información fue muy valiosa porque hasta el momento no se sabía: sólo se conocía lo que sucedía en cuanto a la circulación, por los controles de las fuerzas de seguridad en calles y rutas, pero de los barrios no se decía mucho. Y, al contrario de lo que mostraban los medios de comunicación sobre la desobediencia de algunos, acá se veía algo distinto, y era que las personas estaban haciendo un sacrificio grande y con responsabilidad para poder cumplir”.

Ahora bien, continúa Pinedo, “ese cumplimiento se daba acorde a las características de los grupos sociales, entonces en los sectores más desprotegidos la medida se interpretó como quedarse en el barrio, porque el tamaño de la vivienda o el número de integrantes de la familia no hacía posible la permanencia en el interior, pero sí estar en la puerta o en la vereda”. En este sentido, Balerdi califica a la problemática habitacional como “estructural y preexistente”, pero que la cuarentena vuelve a dejar expuesta con crudeza. “Hay lugares de extrema vulnerabilidad con casas de chapa o madera y piso de tierra. Esto, sumado al hacinamiento y el deficiente acceso a los servicios dificultan el confinamiento. Y en muchos casos relevados hay que añadir dos cuestiones que empeoran las condiciones de salubridad: falta de agua potable y de recolección de residuos”, apunta la becaria.

Como principal dificultad surgida de los cuestionarios, los especialistas coinciden en señalar la falta de ingresos, teniendo en cuenta que en su mayor parte el sustento proviene del trabajo informal o la economía popular, y también de oficios autónomos como la peluquería, por ejemplo, casos que, con el paso de los días lograron organizarse para visibilizar su situación. “La primera preocupación que sale a la luz prácticamente en todos los barrios es la de no tener la entrada diaria o semanal de dinero para sostener a la familia, y de allí se desprende concretamente la escasez de alimentos y de productos básicos de higiene y limpieza”, añade Balerdi.

En este sentido, la consecuencia directa que se observa es un aumento en la cantidad de personas que acuden a ollas y merenderos populares, algo que “da cuenta del fortalecimiento de las redes organizacionales que ya existían en los barrios como manera de que el Estado llegue de modo más rápido y eficaz a estas familias”, apuntan los expertos. Entre las estrategias surgidas para dar respuesta a estas dificultades, el informe destaca el papel de los clubes de fomento en la distribución de víveres y medicamentos a las personas mayores, el de comedores que entregan viandas por turnos para evitar la aglomeración de gente, o el de muchas maestras rurales que se acercan a pie hasta la puerta del establecimiento para alcanzarle la tarea en papel a los alumnos.

El caso de los productores rurales del cinturón hortícola platense presenta situaciones similares a los sitios urbanizados y, además, algunas particularidades. Como ejemplo de las primeras, el hecho de que acataran la medida permaneciendo en las quintas, que es su ámbito de vivienda pero también y principalmente, de trabajo. Por su parte, “como preocupación fundamental nuevamente aparece la falta o merma de ingresos, teniendo en cuenta no solamente que la cadena de producción se vio interrumpida desde el principio por el cierre de proveedores de semillas, fertilizantes, pesticidas y plantines, sino también la de distribución y venta, dado que los camiones que llevan los cajones hacia el Mercado Central tampoco estaban funcionando con normalidad”, detalla Díaz, dedicada precisamente al estudio de las poblaciones de la zona.

“A nivel laboral, además, la restricción de circulación implica el cese de otras actividades que se complementan con la producción, como el cuidado de personas mayores, changas de albañilería, enfermería o atención en comercios de ropa locales, que también son medios de vida de este sector de la ciudadanía mayormente conformado por migrantes de provincias del norte argentino y de países limítrofes, principalmente Bolivia”, agrega la becaria. El paso de los días dio lugar a la activación de diferentes estrategias de venta directa del productor al consumidor, que orientaron la cosecha al armado de bolsones para entrega a domicilio. “Esta circunstancia le añadió nuevas tareas a las familias, y fue muy importante el contacto que establecieron desde sus organizaciones con agentes estatales o actores de la UNLP para asesorarse en cuanto a las precauciones necesarias entre personas y en la manipulación de los alimentos”, añade Díaz.

La lista de cuestiones observadas a partir del relevamiento sigue con otras igualmente graves como el aumento de casos de violencia de género e intrafamiliar, precisamente derivado del confinamiento en los hogares, y las complicaciones para la continuación escolar debido a la falta de dispositivos tecnológicos o conectividad a Internet del barrio. También se suman la preocupación en torno a distintas cuestiones de salud o la incertidumbre frente a la posibilidad de salir a hacerse controles de rutina o a buscar los remedios para completar un tratamiento crónico. Tanta fue la información recolectada, que los especialistas la aprovecharon para elaborar otro informe sintetizando la realidad de 15 barrios platenses que hicieron llegar a las autoridades municipales, especialmente para no perder tiempo en cuanto a los problemas más urgentes, que son la escasez de alimentos y productos básicos de higiene.

Por Mercedes Benialgo

 Sobre investigación:

 Jerónimo Pinedo. FaHCE, UNLP.

Soledad Balerdi. Becaria posdoctoral. IdIHCS.

Candela V. Díaz. Becaria doctoral. CIS-IDES.

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